UN SABOR AMARGO

A poco de terminar de ver la entrevista que Luis Majul le hizo al presidente Mauricio Macri volví a sentir esa frustración, que no solo es fruto de un desacuerdo político o ideológico, sino que va más allá. Una sensación que me atraviesa como ciudadano, como argentino, como dirigente, como padre de familia.
Lejos de especular con que este es un gobierno en retirada -algo de lo que estoy convencido-, lamenté que el Presidente de la Nación no tenga siquiera la capacidad de entender cuál es la realidad que vive el país que gobierna ni que padecen los ciudadanos que lo ungieron con su voto. Un presidente que habita un país de fantasía.
Aceptar la realidad significa un paso fundamental para torcer un rumbo que probado está a través del índice que se tome, ha sido un fracaso a lo largo de casi cuatro años. No aceptarla, que es lo que hace y evidencia el presidente Macri, requiere un esfuerzo y una vehemencia propia de quien ha decidido seguir un libreto, mitad mentira y mitad eslogan vacío, hasta las últimas consecuencias.
Confirmé una visión que tengo desde el inicio de la gestión de Cambiemos: Mauricio Macri sigue en campaña. Se aferró al supuesto éxito del discurso elaborado por Durán Barba y no se sale de él. Frente a los argentinos en algún acto, frente a los legisladores, como en el inicio del período de sesiones ordinarias del Congreso, o frente a un periodista, repite el mismo discurso que le vimos en aquel debate con Daniel Scioli, previo a las elecciones de 2015. Promesas y frases de autoayuda. Solo que esas promesas, contrastadas con su accionar, hoy son claramente una mentira. Y se mantiene en ella. Y las frases de autoayuda, por más que se esfuerce en darle una vehemencia sobreactuada, no ocultan la penosa realidad que atraviesa a la sociedad argentina.
En los pocos tramos que se salió del libreto, se mostró como un hombre disgustado con lo que hace, incómodo. Renegando, incluso, de su rol como presidente de los argentinos. Todo un contrasentido -uno más- para alguien que pretende ir por un nuevo mandato.
Y también la mención a su padre. Desconozco si esa definición estaba “coucheada” por Durán Barba, Marcos Peña o alguno de sus asesores. Como sea, no tuvo nada de feliz. Como hombre, como hijo, una confesión de esa gravedad se resuelve en una esfera íntima, familiar; no se hace pública. Como dirigente y funcionario, si estaba al tanto de un acto de corrupción, su obligación es llevar el caso a la Justicia. Como mandatario, un sincericidio que confirma lo que gran parte de la sociedad sabe en torno a la fortuna familiar del presidente.
En definitiva, la entrevista a Mauricio Macri me dejó un sabor amargo que no hace más que redoblar mi compromiso, como dirigente justicialista, de asumir la responsabilidad de devolverle a los argentinos la dignidad que nuestro país merece.

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