EVITA: MEMORIA Y COMPROMISO VIVOS

Como muchos de mi generación, crecí escuchando una frase que me acompañaría hasta hoy: “Evita vive en el corazón de su pueblo”.
Por aquellos años de mi infancia constituía algo más que una frase hecha: era una verdad absoluta. El mundo de un niño estaba construido en base a esas verdades. Con los años, necesariamente llega el momento de reelaboración de esos mandatos.
No recuerdo si fue un momento o un día. Pero ciertamente, alguna vez me encontré analizando en mi interior cuál era el sustento de aquella frase que había escuchado una y otra vez.
Para ese entonces, mi interés por la política aunque incipiente, ya era fuerte. Insoslayable. La lectura de lo ocurrido por esos años del primer peronismo me aproximó a la figura de Evita. Esa mujer que mostraban las imágenes, de sonrisa amplia, rodeada de niños, de mujeres, de trabajadores, fue adquiriendo la dimensión de lo real.
Su pasión arrolladora, su fuerza inquebrantable, su palabra punzante y su compromiso afianzaron mis ideales. Volver una y otra vez a la figura de Evita no solo me define como peronista: me forma como persona. Me determina de qué lado de la vida estoy. Y eso es mucho más que una posición política.
Porque aquellas lecturas tempranas, cargadas de avidez histórica, se fueron nutriendo de algo esencial: el sentimiento de quienes la conocieron.
Bastaba sentarse a charlar un rato con nuestros mayores, con aquellos que vivieron el nacimiento del peronismo. En su memoria, en sus palabras, en sus miradas surgía claramente la figura de la Abanderada de los Humildes. La mención de su nombre llevaba consigo el agradecimiento, porque en cada hogar trabajador, en cada familia humilde, en cada demanda, ahí estaban la mano, el corazón, la presencia de Eva. Surgía su nombre como una bandera, aquella hecha de jirones, aquella que tiene destino de victoria.
El nombre de Eva Duarte de Perón no es el recuerdo de lo que ha sido. Porque así como nuestros mayores la tenían presente en su memoria viva, nosotros, sus hijos, nos nutrimos de ese sentimiento que pocas palabras alcanzan a definir.
No solo nos emocionamos con su imagen emblemática, con sus discursos sustanciales, con sus enseñanzas claras. Yo, al igual que tantos otros, hago de su ejemplo un compromiso, de su palabra un mandato. “Donde existe una necesidad, nace un derecho”, suelo decirme. Y solamente eso, explica todo.
La memoria de Evita no es privilegio de un sector de la población, es patrimonio de todo un pueblo. De la gran mayoría de los hombres y mujeres de nuestro país que sueñan y trabajan para hacer de nuestra Patria un lugar más justo, donde los únicos privilegiados sean los niños.
Hace cien años nacía la persona que habría de cambiar para siempre la historia de los argentinos.
Hoy vuelvo a escuchar la frase que me acompaña desde niño: “Evita vive en el corazón de su pueblo”.
Y sé muy bien lo que significa.

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